Poesía en el aula

Gabriela Mistral, la chilena que no sólo pasó a la historia por ganar el Premio Nobel de Literatura, sino por sus firmes convicciones y denuncias con respecto a un sistema educacional.

Su visión pedagógica, muy adelantada para la época, además de su formación autodidacta, hicieron ruido en el mundo de la pedagogía de ese momento. Sin embargo, con esfuerzo, dedicación y convicción logró posicionarse como líder, como un modelo a seguir para las mujeres y como maestra de las américas, llegando incluso a impactar notablemente en los procesos de la reforma educativa en México, país donde residió gran parte de su vida.

Gabriela no sólo era una educadora, era una artista que estaba convencida de que educar y moldear humanos, era una labor semejante a la de un talentoso escultor que después de un trabajo dedicado, obtiene los más gratificantes resultados. “Yo me pongo más feliz que Miguel Ángel cuando termina el David cuando hago una hermosa clase”

Y esa idea la confirmo y la corroboro, ya bien seas profe de infantil, de primaria o especialistas, no hay mayor satisfacción, que el trabajo bien hecho y ver como tus alumnos salen ilusionados de clase

Escribió poesía, y en su mayoría para los niños. La considero cercana, íntima, sencilla y a los niños les encanta.

Hoy recuerdo especialmente una de ellas Caricias

 

Madre, madre, tú me besas,
pero yo te beso más,
y el enjambre de mis besos
no te deja ni mirar…

Si la abeja se entra al lirio,
no se siente su aletear.
Cuando escondes a tu hijito
ni se le oye respirar…

Yo te miro, yo te miro
sin cansarme de mirar,
y qué lindo niño veo
a tus ojos asomar…

El estanque copia todo
lo que tú mirando estás;
pero tú en las niñas tienes
a tu hijo y nada más.

Los ojitos que me diste
me los tengo de gastar
en seguirte por los valles,
por el cielo y por el mar.

 

 

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